Las habilidades sociales son un conjunto de hábitos (conductas, pensamientos y emociones) que ponemos en práctica para relacionarnos satisfactoriamente con el resto de los seres humanos.

A menudo escuchamos términos técnicos como Habilidades Sociales, y aunque parecen bastante simples de comprender (habilidades = capacidades + sociales = en la sociedad o en el grupo), en ocasiones no llegamos a abarcar la complejidad y la cantidad de acepciones que un solo término atesora.

Estas habilidades nos permiten comunicarnos eficazmente con los demás, mantener relaciones interpersonales satisfactorias, sentirnos bien, obtener lo que queremos y conseguir que las otras personas no nos impidan lograr nuestros objetivos.

Para ello se ponen en funcionamiento capacidades como la comunicación (tanto verbal, como no verbal), la asertividad y la empatía junto con patrones de personalidad o conducta propios o adquiridos.

¿Cómo pueden ayudar a nuestro hijo adolescente?

La puesta en marcha de estas capacidades tiene como objetivo conseguir el máximo beneficio en nuestras relaciones personales con las menores consecuencias negativas posibles a la hora de defender nuestros derechos, y siempre respetando los del prójimo, siendo capaces de elogiar a los demás, aceptar críticas, saber rechazar peticiones y decir que no, saber pedir y agradecer favores, expresar nuestros sentimientos, etc.

Aunque se suele pensar que las habilidades sociales se adquieren cuando uno es niño y se tiene la “certeza” de que ese tipo de conocimientos no se pueden modificar, debemos tener en cuenta que el ser humano aprende, en la mayoría de los casos, en función de los refuerzos que recibe al mantener una determinada conducta, y lo que “funciona” en casa puede “no funcionar” fuera.

Es decir, una conducta que realizada en el entorno familiar me ha proporcionado un refuerzo positivo, voy a repetirla en el resto de los ámbitos de nuestra vida (académico, laboral, amoroso,…) esperando el mismo resultado positivo, pero en muchas ocasiones resulta inadecuado, lo que nos lleva a no obtener ese esperado refuerzo positivo.

Esta situación nos suele descolocar y frustrar hasta que logramos reajustarnos y cambiar nuestra conducta. Es justamente a partir de este momento cuando comenzamos a crear los diferentes roles que desempeñaremos en nuestra vida (rol de hija/o, de estudiante, de amiga/o, de trabajador/a, de pareja,…) en los que actuamos de manera diferente según la situación.

Nunca es tarde para aprender habilidades sociales

Porque las habilidades sociales necesarias en cada situación no son las mismas cuando estamos en un ambiente laboral donde prima la asertividad.

Sin embargo, si el reajuste no se produce satisfactoriamente sobreviene el conflicto: lo que pienso, siento y finalmente hago no está en consonancia con lo que el entorno “espera” de mí en ese momento, y esto puede deberse a que las habilidades sociales requeridas no se han puesto en marcha de una manera adecuada.

Esto sucede bien porque no las hemos aprendido en el entorno más inmediato o bien porque no hemos sabido explotar al máximo los recursos que ya habíamos adquirido.

Como las habilidades sociales se adquieren en nuestro ambiente más cercano, no se nos enseña (por lo general) a hacer por ejemplo una buena entrevista de trabajo, a enamorar a una persona o a negociar con un jefe…

Nos enfrentamos, y esto es más complicado cuando eres adolescente, a situaciones nuevas con el repertorio de habilidades que hemos aprendido en casa o en la escuela y que normalmente es inadecuado e insuficiente.

De ahí la importancia de aprender adecuadamente (¡nunca es tarde!), la mayor cantidad de habilidades posibles para incluirlas en “nuestra mochila” y poder emplearlas siempre que necesitemos resolver una relación satisfactoriamente, consiguiendo nuestros objetivos con éxito pero respetando a los demás.


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